La primera vendimia madrileña de 2025 ya ha comenzado… en pleno agosto. El calor y las temperaturas suaves del invierno han acelerado la maduración de la uva. Mientras los viticultores se adaptan a este nuevo calendario, el IMIDRA trabaja en desarrollar variedades más resistentes a plagas y enfermedades, con menos necesidad de tratamientos químicos.

Un agosto de vendimia
La campaña arrancó la primera semana de agosto en San Martín de Valdeiglesias, con la variedad albillo real, la más temprana de la región. En España, las Denominaciones de Origen son quienes marcan cuándo comienza la recogida. Un inicio que busca garantizar que la uva cumpla con los parámetros de calidad esperados.
Según la DO Vinos de Madrid, el calor desde el pasado otoño ha marcado todo el ciclo de la vid. Pese a ello, son optimistas: calculan un 20% más de producción que en 2024. Francisco Garcia, presidente de la DO madrileña, se atreve incluso a vaticinar que “la vendimia de 2025 dejará una cosecha de gran calidad”.

El reto: plagas y enfermedades
El cambio climático no solo adelanta la vendimia. También favorece la aparición de hongos como mildiu, oidio y botritis. Estas enfermedades afectan a la calidad de la uva y obligan a aplicar más tratamientos fitosanitarios, aumentando los costes para el agricultor.
Para hacer frente a este problema, el Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario (IMIDRA) está cruzando variedades existentes buscando plantas más resistentes y adaptadas al clima de Madrid. El objetivo es reducir las pérdidas de producción, bajar los costes de la cosecha para los agricultores y minimizar el uso de químicos en los campos.
El proceso es artesanal. Los investigadores trabajan con la variedad tinta regent. Retiran la parte superior de la flor y sus órganos masculinos, polinizan de forma manual con un pincel y protegen el racimo en un papel transpirable. De esas uvas, buscan obtener semillas que se plantarán y evaluarán durante varios años, hasta encontrar la combinación más resistente.

Menos químicos, más futuro
Si el proyecto tiene éxito, los viticultores podrán cultivar uvas más resistentes a las principales enfermedades, ahorrar en tratamientos y producir vino con una huella ambiental más baja.




